jueves 1 de marzo de 2012

No me cojáis del brazo, hijosdeputa

Yo he pasado mucho tiempo de mi vida pensando en la muerte.
No exactamente en ella, sino en el momento previo. Supongo que como todos. Tenemos un máster en hacernos a la idea de que el gran momento llegará, y aspiraciones comunes que se resumen en encontrarle el lado positivo al asunto. Asumir la muerte con tranquilidad y sosiego. Con entereza. Con dignidad y valentía. Sabiendo que lo que venga no importa, porque estamos preparados.

Es cierto que yo aún soy muy joven y que (presuntamente) tengo tiempo de cambiar esta visión que quiero compartir con nadie aquí hoy, pero creo que tengo claro que en mi caso, no habrá consuelo posible. Y tengo un argumento muy sencillo: mi madre.

Los ensayos de la muerte a los que nos sometemos cada año, esas gripes que nos tumban durante dias, las enfermedades pasajeras o duraderas, los momentos de debilidad... todos ellos me llevan irremediablemente a mi madre. Y es curioso porque nunca estuvimos especialmente unidos. Nuestra relación siempre fue un poco... problemática. Pero cuando estoy en la cama con fiebre, y mi temperatura corporal se declara anárquica, una profunda nostalgia hacia mi madre me embarga. Una nostalgia de algún lazo de unión que no estoy seguro de si llegó a existir, pero del que si estoy seguro que llegué a experimentar cuando fui niño.

Mi abuela, en su lecho de muerte, cuando apenas podía distinguir a los familiares que la contemplábamos agonizar, entre discursos dementes e inentiligibles soltaba a veces la gran frase: "mamá", "mi mamá"...

Qué coño significará eso. No habrá consuelo posible. Cuando las cosas se tuerzan, siempre pediremos auxilio materno. Quizá lo que signifique es que Dios es una mujer, un poco puta.

No tiene nada que ver, pero me apetece transcribiros un poema que acabo de leer de Pessoa. Es el típico poeta del que has oído hablar y que sabes que debe ser bueno. Pero me acabo de leer su libro de un vistazo, pasandolo por alto porque tanta rima y tanto cliché en voz alta me ha puesto un poco de los nervios. Pero esto que os dejo a continuación si que me ha gustado. Menos mal:

"Lisbon Revisited" de Fernando Pessoa:

No: no quiero nada.
Ya he dicho que no quiero nada.


¡No me vengáis con estéticas!
¡No me habléis de moral!
¡Llevaos de aquí la metafísica!
¡No me pregonéis sistemas completos,
no me pongáis en fila conquistas de las ciencias,
de las artes, de la civilización moderna!

¿En qué he ofendido a todos los dioses?

Si tenéis la verdad, guardáosla.

Soy un técnico, 
pero solo tengo técnica dentro de la técnica.
Fuera de eso, estoy loco, 
con todo el derecho a estarlo.

No me fastidieis, por el amor de Dios
¿Me queríais casado, futil, cotidiano y tributable?
¿Me queríais todo lo contrario, 
lo contrario de lo que sea?

Si fuera otra persona, os daría gusto a todos.
Así, como soy, teneis que aguantaros.

¡Iros al diablo sin mi!
¿por qué habíamos de irnos juntos?


No me cojais del brazo
No me gusta que me cojan del brazo.
Quiero ser solo. Ya he dicho que soy solo
¡Ah, que fastidio querer que sea de compañía

...

...

...

El poema sigue pero me he dado cuenta que no paro de cambiarle cosas y eso está feo. En realidad es un cabreo productivo mediocre, los he visto mejores, pero comparado con el rollito rima bécquer que había estado leyendo me pareció una maravilla. Ahora ya lo veo distinto. Pero eh, chicos, tiene buenas cosas. Me ha gustado lo del brazo. "No me cojáis del brazo, hijosdeputa". Entiendo esa impotencia. El hombre estaba loco y tenía todo el derecho a estarlo.

Eso es todo por hoy




jueves 26 de enero de 2012

creativi hostias


Un hombre llegó, se presentó, y nos contó a todos que su madre tuvo que tomar una decisión muy difícil unos años atrás. La decisión consistía en desprenderse de 4 de sus hijos. La pobre mujer no tuvo más remedio que hacerlo, ya que al parecer habían unas circunstancias ahí que justificaban sobradamente una decisión así... bueno no, que pedían a gritos una decisión así, por algún bien mayor, por algo que sonaba incuestionable, sin que realmente sonara. Porque no explicó nada más.

Nos contó a continuación que su madre se quedó muy triste. Que la apatía se apoderó de ella, y regaba de llanto las macetas muertas, y que solo verla inspiraba una compasión y una impotencia casi animal. Así que, junto a otro hermano (los únicos que sobrevivieron a la misteriosa quema) decidieron comprarle una llave de oro, con diamantes incrustrados. Una joya en la que invirtieron todos sus ahorros. Llevaron a su madre a la playa, le dieron la llave de oro, y le pidieron que la arrojase al mar. Como la madre no entendía por sí sola la metáfora (y nosotros tampoco), nos explicó que era una forma de hacerla entender que a veces, es necesario desprenderse de cosas que para uno tienen mucho valor. Creo que en ese momento se oyó algún suspiro de aprobación, que suenan como suena un corazón atravesado por una flecha.

La madre, con la llave de oro sujetada contra el pecho, se deshizo entonces de todas las reservas de lágrimas que le quedaban y mientras gritaba "no puedo, no puedo..." terminó lanzando la llave al agua y derrumbándose en la arena en una escena que visualicé con sentimiento de culpa, porque la risilla instantanea se me instauró en la cara y un letrero luminoso en el que se leía la palabra "Vómito" se encendió sarcástico en mi frente.

El hombre acabó su discurso explicando que él y su hermano acudieron en su ayuda y se fundieron en un abrazo tan dramático que habría hecho que Aristóteles renunciara al pensamiento y se hiciera portero de discoteca.

El grupo de teatro improvisado, entonces, improvisó una escena que plagiaba paso por paso la descripción de aquel onanista emocional, y repitió, frase por frase, letra por letra... todos y cada uno de los pasajes antes narrados. La falta de originalidad de la propuesta me llevó a buscar en las caras del público presente algún tipo de indignación que me aliviara, pero solo encontré asombro y emoción. Al terminar el teatrito, el actor que interpretaba al hombre de la historia se fundió con su personaje en un abrazo melodramático que la gente aplaudió con fiereza estomacal, partiéndose las manos, gritando alguna cosa que yo ya, por aquel entonces, no fui capaz de procesar.

...
...
...
...
...

Nadie le preguntó a aquel señor, en ningún momento, por qué cojones tuvo su madre que renunciar a cuatro de sus hijos. Y aunque me sentí contrariado y hasta frívolo por mi indignación y mi repulsa hacia ese momento en el que yo, por alguna razón, me dejé aparecer allí y ser partícipe... comprendí dias después que aquel público tan puro y tan humano y tan emocional... estaría preguntándose en que puta playa se le ocurrió a aquel mamarracho tirar una llave de oro incrustrada en diamantes.

miércoles 7 de diciembre de 2011

las jóvenes poetas

Quizá no vuelva a escribir poesía. O incluso no la haya escrito nunca. Eso podría, créeme, ser un alivio. Al menos si todas mis suposiciones son ciertas. Si de verdad hay una clave contradictoria en la impostura de la rebelión ante el género, ante la palabra escrita, la sumisión ante la cárcel del lenguaje y sus obligados lugares comunes mientras algo indefinible ocurre todo el tiempo, como el tiempo. Quizá las esencias de las cosas verdaderamente tengan la naturaleza de huir en cuanto las evocas. Y si eso es cierto, o tiene al menos alguna lógica... explicaría por qué a veces mi sentido de la belleza y de lo verdaderamente importante juegan tan devastadoramente en contra de mi creación literaria. Por qué esa leve sospecha me impide venir aquí a intentar soltar cuatro frases como estas, o por qué cada vez que asisto a un recital poético (intento que sea algo muy eventual) toda ese ritual supuestamente poético, esa llamada de las voces, los tonos de voz, las posturas, los acompañamientos musicales, las luces, el escenario... me da en la cara como una bofetada de frivolidad y el niño interior que me habita me obliga a buscar por el local una máquina de chicles o al menos, alguna prueba de ventana real por la que escapar de mentira. Esa ventana me hace deparar, a través del cristal de la cafetería moderna, en la chica que se encoge de frio en la calle, esperando tal vez al autobús, o a que venga su novio en la moto a recogerla, o a que sus amigas lleguen por fin y la rescaten de la soledad del mundo que la obliga a quedarse a solas consigo misma, y a adoptar posturas que le permitan mitigar el frío sin restarle un ápice de feminidad y de belleza. En esa lucha encuentro la verdadera poesía. Y en el escenario un chico con sombrero, o una mujer mayor con antifaz, o una chica joven y muy guapa con un tono muy severo y solemne... hablan de la lucha de una chica que en mitad de la calle en pleno invierno, tiene que dividirse entre el encogimiento y el resguardo protector, o la posición adecuada de sus caderas para verse sexy.

Quizá todo lo que acabo de decir no se más que una excusa. La del ser humano acomplejado y temeroso de descubrir su mediocridad. Tan ancestral como el verbo. Quizá todo sea pura procastinación y mi debate mental represente una inofensiva rebelión de mi síndrome de aburguesamiento y aborregamiento intelectual progresivo.

Quizá eso sea lo más lógico y lo que, únanimente, me encontraré como respuesta si de verdad se me ocurre la osadía de preguntároslo, a todos, aunque no me leáis.

Pero es posible que yo tenga razón y que sea un visionario. La desidia que se desprende de la mayoría de mis textos puede ser lo más cercano a la belleza real que haya conseguido jamás. Una evocación involuntaria de la inutilidad del arte, con pretensiones artísticas.

Todos los escritores y los lectores coinciden en que todo es relativo.
Todos los escritores y los lectores coinciden en que leer es, intrínsicamente, bueno.
Gran parte de los escritores y lectores somos idiotas.
Quizá sea por pensar que todo es relativo.
No es muy probable que sea por decir que leer, que la cultura en general... es intrinsecamente buena.

Pero a lo mejor sí. Quizá los malos escritores tienen la respuesta. Y su basura mediocre nos está diciendo algo que no sabemos (o queremos) entender.

Lo que si es seguro es que yo tengo cierta certeza de que pasan demasiadas cosas muy importantes a mi alrededor que ignoro mientras leo, escribo, o intento crear alguna cosa. Y que esas cosas que pasan son, intrinsicamente, mejores que cualquier creación.

Follar o hablar de sexo. Vivir la poesía o tratar de capturarla en un zulo llamado poema. Gritar o Twitter.
¿Sabeis que? El único arte verdadero es la música.
No he probado nunca la colifror, y sé perfectamente que no me gusta.



Luna Miguel, Marina Ramón Borja, Laura Rosal, Saray Pavón...
Prefiero follarme a las jóvenes poetas, que publicar con ellas.

martes 15 de noviembre de 2011

Reivindicación de una hermosura

" Escucha en las noches como se rasga la seda
y cae sin ruído la taza de té al suelo
como una magia
tú que solo palabras dulces tienes para los muertos
y un manojo de flores llevas en la mano
para esperar a la muerte
que cae de su corcel, herida
por un caballero que la apresa con sus labios brillantes
y llora por las noches pensando que le amabas, 
y dice: Sal al jardín y contempla como caen las estrellas
y hablemos quedamente para que nadie nos escuche
ven, escúchame, hablemos de nuestros muebles
tengo una rosa tatuada en la mejilla
y un bastón con empuñadura en forma de pato
y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra
y ahora que el poema expira
te digo como un niño: Ven,
he construido una diadema


(sal al jardín y verás como la noche nos envuelve). "

...del poema "A mi madre" de Leopoldo María Panero



domingo 30 de octubre de 2011

Romanticismo estomacal


Cállate
tira mis zapatos en mitad de la alameda
una vida entera andando descalzo
sintiendo el frescor de la hierba
y alojando cristales entre las venas

marcos de madera entre la carne y el cráneo
un mosaico de fotografías sangrientas
cintas de cassette hundiendo mis tímpanos
miles de voces contradiciéndose en mi cabeza
hola y adiós
y sobre todo adiós.

tus guantes de pelo artificial entre mis brazos
el picor insaciable de tus caricias
pulmones encharcados de lejanía y desdén
los pasos de tu marcha machacando mis rodillas
la clemencia que bombea el sístole
mientras se tatúa el diástole
la palabra "tristeza"

No he pedido que pares

ahora tengo dentro todos tus lunares
reproduciéndose como un cáncer
créeme, que aspiro a tanto
que toda esta carnicería es...
infantil.

Así que cállate y sigue
no he pedido que pares
Machácame hasta que mi polla
atraviese victoriosa tu cerebro

domingo 9 de octubre de 2011

Otro domingo de derrota


Supongo que a todos nos pasa en alguna medida humana. Al igual que los hombres de Altamira necesitaban dibujar en las paredes la realidad que se les ofrecía, los poetas tratan de desentrañar el amor y sus variantes, los científicos buscan respuestas que los religiosos resumen en lo intangible y lo superior, los vecinos tratan de dibujar el árbol genealógico de las distintas relaciones de su entorno, los políticos acuden ciegos a la seducción del poder y el protagonismo y todos de alguna forma nos obsesionamos de por vida por evitar, eludir, describir, desentrañar, dibujar, plasmar, aprovechar, descubrir, contar alguna circunstancia en concreto.

Yo, por generalizar, tengo algún tipo de necesidad de enfrentarme a las limitaciones del lenguaje para averiguar qué pasa exactamente con mi tristeza. Y si pudiera concretar, con la del domingo. Qué cojones me pasa con ellos. Por qué esa empatía. Por qué ese odio. Por qué esa incapacidad intelectual de enfrentarlo, ese maldito día en el que además vine al mundo. Qué relación tiene con mi forma de ser. Que aliciente místico contiene, que me exaspera, que me aísla, que me consume de dudas estúpidas y que me paraliza, me calla, me hace sentirme vivo... matándome.

No lo sé. No me siento capaz. Siento, al igual que le pasaba a Borges al hablar del Aleph, que intentar abarcar en el limitado pacto simbólico del lenguaje algo tan inaccesible, indescriptible e infinito como mi profunda y perenne tristeza y vacío existencial... sería como correr en el campo de batalla, desnudo, con la sola ayuda de un grito ahogado, camino frontal hacia el poderoso enemigo. Impiadoso y poco amigo de los exhibicionistas.

No poder salir de ciertos bucles, aunque parezcan ridículos, exagerados por la literatura barata, por el victimismo autocondescendiente del que tanto abuso, porque no puedo superar el trauma vital, y no puedo gritar el nombre de mi madre, y pedirle que arregle las cosas, como el ser todo poderoso que creía que era.

Todo es una estafa. El lenguaje, las virtudes, la belleza. Sobre todo la belleza. Todo este afán cibernético de pedir malditamente cinco minutos de admiración, un par de miles de visitas, amor y respeto de un ente desconocido habitado por los más bajos fondos que el anonimato fomenta.

Qué carrera más estúpida.

Cuanto pesa la culpabilidad. Que fácil es enmascararla. Qué facil es ser sarcástico, y cínico, irónico. Que fácil es mantener este pacto social y usar el lenguaje como arma arrojadiza, sintiéndote legitimado y libre y sin duda falto de responsabilidad alguna sobre una más que posible consecuencia.

Que mal visto está, por otro lado, reconocerla. Que mal visto está mostrarse. Que fea la fragilidad. Que asustadizos somos todos cuando alguien nos pide ayuda verdadera. Con lo cómoda que es la seguridad y la autosuficiencia y el autocontrol y la adultez. Que verdad más desagradable la de la naturaleza, la de que los extremos, la de que a perro flaco todo sean pulgas. La de que a más privilegios, más privilegios. Que desnivel inhumano tan jodidamente cruel y que bien nos lo pasamos, joder, que bien nos lo pasamos los sábados por la noche, hablando de fútbol, mirando los escotes de las novias de nuestros amigos, fingiendo posturas que nos hagan parecer lo que no somos, actitudes previstas por un plan magnífico de insustancialidad, estrategias de conquista que pesan mucho más que cualquier cosa a la que yo pueda nombrar como virtud.

Comentarios y enlaces y recomendaciones y tops y fama y prestigio y confianza en uno mismo y convenciones sociales y trendin topics. La vida, desde que dejamos de ser niños, se ha basado en el trendin topic. Nadie habla de lo que realmente le importa. O casi nadie, claro, voy a ser correcto. Me lo voy a permitir. Nadie lo sabe, siquiera. ¿Que quieres? ¿que coño buscas? ¿que esperas de la vida?
La capacidad de adaptación al medio. Esa es la única virtud posible en este mundo. Si no fuera por la políticamente bien vista "diversidad", algunos no tendríamos cabida. A tono personal, creo que si no consigo convivir mejor con los domingos, o conmigo mismo en domingo, mi capacidad de adaptación será el fracaso originario de todos los demás fracasos.

Aprender lo que se nos enseña. Aceptar las pequeñas muertes diarias, las pequeñas derrotas personales. No pensar. No salirse del circuito. No andar por el césped. Aprenderse las tácticas de desempeño social. Afinar el moralismo. Teñirlo de idealismo. Convivir con la barbarie. Con la pequeña, la que no es más que un espejo de la grande en el que nadie se va a mirar jamás. Ser obediente. Y eso incluye a la rebeldía. No conocer a nadie. Por supuesto, no conocerte a uno mismo.

Esas son las virtudes. Así las llaman. Se me olvidan muchas. Este intento de enumeración es patético y no me hace ningún bien. Yo soy patético y eso, de algún modo, tengo que encontrar el modo... debe hacerme algún bien.

Pero contrariamente a lo que pueda parecer, hoy es domingo, estoy profundamente triste, y siento un amor impersonal y extraño hacia mucha gente, que siendo impersonal, es mucho más cálido que toda esa gente. Es mucho más de lo que posiblemente se merecen. Y si no se lo merecen ellos, tampoco debo merecérmelo yo mismo.

No finjais. No sabeis de qué coño hablo, no os esforcéis. Yo tampoco. Hoy no. Otro domingo de derrota

No puedo cambiar el orden de los dias de la semana. Por mucho que intente engañarme, siempre sé cuando es domingo. Pero si puedo cambiar el orden de los párrafos. Lo acabo de hacer. A ver que sale

Menudo deja vu de entrada

sábado 27 de agosto de 2011

misantropía poética


"Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias
o como pasas de higo;

un cutis de durazno
o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,

al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;


pero eso sí

—y en esto soy irreductible—

no les perdono,

bajo ningún pretexto,
que no sepan volar.


Si no saben volar pierden el tiempo las que pretendan seducirme"

Oliverio Girondo, poeta argentino.