jueves, 22 de julio de 2010

valientes


Ser un genio debe ser realmente duro.
Todos han sido gente enfermiza, perturbada, obsesiva, caótica, incomprendida, traumatizada, olvidada... tristemente olvidada.

Los mayores logros de la humanidad se deben al insomnio, a la obsesión, a la lucha incesante, maniática y desquiciada del ser humano contra sus demonios, una batalla sangrienta que se da lugar en ese rincón de la mente atravesado por una línea minúscula y oscilante, tan difusa como la espuma, que separa la locura y la ezquizofrenia de la genialidad y el conocimiento. No se puede acceder a una de esas zonas sin adentrarse con aterradora frecuencia en la otra, ya que lo que hace divertido todo este juego de la existencia es que las llaves que abren las puertas hay que ir a buscarlas a los lugares más recónditos, salvajes y peligrosos.
Por lo general somos esclavos de nosotros mismos. Mecanismos de defensa activándose al menor indicio de curva, de extravagancia, de novedad, de pregunta que nos despierte a esa bestia infecta de la curiosidad, la misma que nuestra sociedad y nuestra generosa contribución en todo tipo de prejuicios y envidias estúpidas, nos aconseja eliminar de nuestras selvas mentales, las mismas que tienen que esquivar cada dia todo tipo de trampas, complejos, miedos, ignorancias y minas de todo tipo que intentan impedir a toda costa que una de esas bestias nos encuentre, y nos lleve de la mano a la zona prohibida, a buscar desesperadamente una llave que nos abra alguna puerta que esconda tras de sí otro bosque plagado de bestias con más inquietudes, con más preguntas, invitándonos a entrar en la espiral, en el bucle, a hurgar en las heridas, a bajar al fondo de los pozos, a recorrer el universo y a charlar con ese Dios que vive en cada una de nuestras cabezas y que pocos milagros puede hacer que no tengan una índole más poética que sobrehumana.
Tragar fango. Reconquistar nuestras américas... o conocerlas un poco mejor, al menos.

Ni siquiera hay un éxito palpable al que uno pueda agarrarse, tan solo un doloroso e interminable acto sexual aliviado por breves brotes orgásmicos que se desvanecen antes de dejarnos disfrutar el punto máximo, la cima del placer, aquella en la que nunca nos podemos recrear porque la sola perspectiva de la próxima cima nos preocupa demasiado como pararnos un ratito en esta, y fumarnos un cigarro tranquilos. Cimas que aguardan tras de sí infinitas fosas abisales de caos y existencialismo y preguntas sin respuesta. Cimas que además, siempre serán de menor altura que las siguientes.

Debe ser duro ser un genio.

Todos sabemos que la vida no es mucho más que un viaje, un trayecto en el que, obviando un poco la credulidad infantil y miedosa/religiosa, poco o nada importa el destino de llegada, sino el trayecto en sí. Sin embargo yo pienso que solo los genios son conscientes realmente de ello. Nisiquiera la gente feliz, que hace del viaje un paseo, que permanece absorta en la belleza y en el paisaje, y se divierte cantando las canciones de la radio... es realmente consciente de esto.
Lo que quiero decir es que... en realidad nosotros no lo sabemos. Ni lo sabremos nunca. Ni querremos saberlo. Construiremos casas, inventaremos hábitos y rutinas, nuevas formas de ocio y de entretenimiento, y siempre que se pueda haremos lo posible por olvidar el bache que nos hizo caer y nos levantaremos con ganas de mirar con más intensidad el paisaje, ignorando a todas las bestias pardas que inevitablemente se nos irán cruzando en el camino, o cogiendo alguna de sus preguntas y lanzándolas al aire. "¿quien soy verdaderamente yo?" "¿que sentido tiene todo esto?" "¿de verdad es esto lo que quiero hacer?"

Es demasiado difícil ser un genio, y... sinceramente, la oferta que nos hacen, y la recompensa que probablemente nos de... no es demasiado alentadora. Y si el ser humano ha perdurado y triunfado sobre el resto de las especies, es por un sentido pragmático y resolutivo innegable. Puede que no tengamos una piel resistente al frio extremo, pero se las quitamos a los osos. O convertimos la energía, o construimos lugares que aislen la temperatura. Y como seres inteligentes que somos la mayoría... también evitaremos ese trayecto doloroso y peligrosísimo de la autoconciencia a toda costa.
Todo esto me hace pensar que los prejuicios, la crueldad contra todo aquel que se plantea el por qué de los clichés sociales, de los tabúes culturales, de las fronteras entre lo bueno y lo malo, y lo admisible y lo inadmisible... son manifestaciones de pura inteligencia. Y que los genios, al fin y al cabo, son solo gatos tontorrones que morirán engañados por la curiosidad.

Aún así

Los genios aprecian a los locos porque solo un genio puede saber lo que es realmente un loco, que me imagino que debe ser algo así como un genio abatido a mitad de camino, perdido sin remisión en mitad de un bosque abriendo y cerrando puertas sin control y sin sentido alguno.
Y aunque todos nosotros lo sabemos, solo los genios son realmente conscientes de que el único atributo o virtud (defecto o carga, según se mire) que los diferencia de nosotros, son el autoconocimiento, la consciencia y el valor.

Por eso, en noches sociales como esta, mientras la gente me habla via internet, y ve la televisión, o busca videos en youtube, o pone música en el spotify... me entristece enormemente la inconsciencia y el miedo aterrador que me impide abstraerme y renunciar al entretenimiento, a la diversión vacua y caduca, y que me lleva a buscar un final resultón para mi reflexión superficial de turno, aquella que podría hacerme un genio si no fuera porque, ya sea para genio o para loco, me falta, entre otras cosas, muchísimo valor.
Y aunque en gran parte lo acepto, me inquieta saber que ahora, en cosa de cinco minutos mientras me sociabilizo y me fumo un cigarrillo, no podré dejar de envidiar profundamente a todos los pobres desgraciados, infelices conscientes y valientes de este mundo.

... incluso a los pobres desgraciados que perdieron la consciencia en la batalla, pero conservaron el valor y se volvieron locos.

domingo, 4 de julio de 2010

Retrospectiva


Los yogures de chocolate. De eso va el asunto.
Nocilla sobre la rebanada de pan de molde que servía de tapa.
Las nubes congeladas.
Los mikolápiz.
Aquella desagradable y maravillosa sensación de cuando uno se metía en la boca un puñado de frutos secos al mismo tiempo que masticaba un chicle.
Los cuadraditos helados de chocolate rellenos de vainilla, que venían en cajitas que contenían varios, y que siempre estaban en las neveras de todos los bares a los que tus padres te llevaban a comer.
El cola cao en polvo atascando tu garganta.
El escandaloso placer del petazetas estallándote en la boca.
Los petit suis, de dos en dos.
El Suchard y los Ferrero Rocher de la navidad.
El misterio del huevo kinder.
El cuadrado medido de tocino de cielo.
La pornográfica leche condensada chupada directamente del dedo.
Los terrones de azúcar ligeramente empapados en café.
Los sugus.
Aquella aristocrática bolsa de kinders choco bons, reservada a las grandes ocasiones.
El envoltorio mágico de los bollicao bombón.

En algún momento de nuestra vida hemos dejado de divertirnos, de charlar sobre estupideces viendo como se nos iban las horas hasta la madrugada, de saltar en los castillos de aire, de revolcarnos en las piscinas de bolas de colores.
En algún momento hemos dejado de cruzar miraditas con las niñas. Hemos dejado de escribir cartas, de grabarles recopilatorios con los que pretendías hacer una "sutil" declaración de intenciones.
En algún momento dejamos de jugar a pegarnos, de irnos a dormir a las csas de nuestros amigos, y ya no nos riñen nuestros padres, ni nos echan de los sitios, ni nos metemos en lios, ni nos desfasamos con las drogas.

Hace demasiados años que no veo en mi frigorífico un maldito yogur de chocolate.