sábado, 30 de octubre de 2010

Una mala pasada


Un tio que tiene un blog, y le gusta tanto una canción que decide transcribir la letra. Incluso piensa en poner al final del todo, en letra así pequeñita, que pase desapercibida, el nombre del grupo o del autor para que nadie piense que se apropia de la canción pero también para que se pueda dar la posibilidad de que alguien no depare en ella y que por un momento crea que es suya, original… y oye, esa impresión que se llevan de ti por un momento ha ocurrido, ahí esta, por mucho que luego descubras que es una canción de Albert Pla ya has conseguido que alguien se sorprenda con tu creación, que te quiten lo bailao…

La cuestión es que al tio le gusta tanto la letra de la canción, que la escribe enterita, sin saltarse ni una sola frase del bis del estribillo, las pone todas, aunque sean muchas, rollo: “mensaje en una botella, mensaje en una botella, mensaje en una botella” muchas veces, algo muy enfermizo y muy feo, muy como de pederastia musical.

La idea de que la canción, además, sea de uno de esos discos en directo, ya sabéis, uno de esos discos grabados directamente de un concierto, en el que ponen micrófonos a la gente para que se note la comunión, en el que te manipulan dandote a entender de primeras que hay mucha gente dando fe de que la canción es buena porque la cantan todos… y que al acabar la pista, los de la discográfica, esos desconsiderados sin corazón, la hayan cortado mal, que hayan dejado un trocito del interludio entre el final de esa canción y el comienzo de la otra, cuando el tio que canta aprovecha para decir algo, rollo: “gracias, y ahora os voy a presentar a un guitarrista por el que me alegro de tener…” y que el final de la frase esté en la otra canción, ¿sabes? Si hombre, seguro que me estás entendiendo, confórmate con esto, trabaja un poco tú también. Los de las discográficas son así, puedes creerme, viven un mundo de fantasía donde la gente va a comprarse el disco y lo va a oír en el orden que ellos han elegido minuciosamente. Viven en una nube azul.

La idea de que el tío sea tan fanático que al transcribir la letra a su blog, también incluya esa frase sin acabar, ese sin sentido. Porque claro, escucharía como acaba la frase si estuviera escuchando el disco, pero ya nadie escucha los discos enteros, vivimos inmersos en el modo aleatorio del mp3. Que un esclavo del archivo comprimido termine la letra de la canción con esa frase inacabada. Esa ceguera de la idolatría. Una mala pasada.

domingo, 17 de octubre de 2010

Ingles brasileñas


Estamos en un bar y se suceden una tras otra las canciones míticas de los noventa. Viejas glorias pasadas de la historia musical española, y alguna que otra aportación anglosajona cuyas letras, al menos fonéticamente, todos pueden atinar a corear. Muchas personas bebiendo y cantando de memoria vocablos de un idioma extranejero sin tener ni puta idea de lo que significan, sin saber si están proclamando a los cuatro vientos un mensaje de apología a la droga, del canto a lo maravillosa que es la vida, o el lamento de una relación rota basado en tópicos estúpidos, fruto, posiblemente, de que el que la escribió estuvo más pendiente de rimar las palabras que de preguntarse que demonios pensaba él realmente del asunto. Gente gestualizando, afirmando con un movimiento acompasado de la cabeza todas y cada una de las frases, ofreciéndoles un baile, un contoneo, una celebración sistemática, un aplauso generalizado y pactado.
Y mientras tanto puede que un amigo, un tipo al que conoces y que anda por ahí contigo, lleve media hora contándote alguna cosa. Él tiene un buen torrente de voz, pero la música está alta, a ti no te interesa una mierda el tema, y no puedes dejar de asombrarte por el efecto óptico de las luces en su cara mientras habla. No deja de entusiasmarte la idea de que cualquier gesto que improvises, una leve afirmación, una risilla, una mirada de aparente concentración, un resoplido, un estúpido "en fin..." será interpretado por el charlatán como un gesto pausible y definitivo sobre tu atención a sus palabras. Y eso le dará alas y seguirá, y seguirá charlando mientras tú te fascinas con la sombra que se le queda sobre los ojos, sobre el color amarillento de su cara, sobre lo solo que está en realidad a pesar del gentío, de la algarabía de la música y del rechinar de los vasos. Y sabes que hay algo hipnótico ahí, y que la confianza creciente de tu amigo en su discurso y en tu atención hacia su discurso te da la libertad suficiente para experimentar gestos más extraños, lanzar frases absurdas al azar, desviar la mirada hacia la camarera, imaginártela desnuda, fantaseando con el tipo de rasurado que supones que adorna su bellísima entrepierna. Y ella, que no para de moverse, también está sujeta a esa ley de las luces y las sombras de un bar un sábado por la noche, y también está sola, a pesar de no parar de atender a gente, de reirle las gracias a los chistosos, de guiñarle ojos a los salidos de la barra que se imaginan en ese mismo instante, al mismo tiempo que tú, el mismo tipo de rasurado que tendrá. Esos tipos también están solos, como tu amigo hablando, como tu divirtiéndote con tu papel y tus falsos gestos de atención, como la camarera, dándole dos besos a un cliente recién llegado.

Todos estamos solos creyéndonos que estamos con gente, que nos comunicamos, que nos escuchan, y que somos las mismas personas que se conocieron otro sábado por la noche, hace unos cuantos años, en aquel mismo bar, en el que por entonces si que prestaste bastante atención a las palabras de aquel tipo.

Pero no solemos ser los mismos. Quizá otro aliciente que me hace sentir que todo es especialmente atmosférico y fascinante ahí dentro es que me doy cuenta de esto. Que cruzo la mirada con una chica que no conozco, pero que tiene la misma cara y el mismo nombre de una chica que conocí un dia. Alguien a quien quise como a una hermana pequeña, de quien cuidé, con la que fantaseé sexualmente en secreto más de una vez, con la que pasé la mayor parte del tiempo de mis dias hace unos años. Y ella está ahí y te mira y los dos entendeis que aquellas personas que se quisieron tanto ya no son las mismas. Que podeis recordarlas, que podeis creer que las conocísteis, pero que han desaparecido. Y esa es vuestra relación ahora, la del amigo de un amigo que reconoce a ese otro amigo del amigo. Os une ese cariño en común por aquellas personas. Aquel tio que quiso tanto a aquella tia. Aquella tia que quiso tanto a aquel tio. Tú quieres a aquel tio y aquella tia, y ella también los quiere. Pero sois desconodidos entre vosotros. Sois aficionados de un mismo equipo de fútbol, nada más.

Y entonces pienso en la muerte. Pienso en ese sentimiento de vacío que me provoca pensar concienzudamente en que jamás volveré a oír a mi abuelo criticar los informativos de la televisión pública, o rociar con kilos de azucar las calas de sandía en verano... que jamás le volveré a cantar a mi abuela la canción de la vaca lechera con unas leves modificaciones en las que lugar de "tener una vaca lechera" tenías una "vieja pelleja" y en lugar de "no ser una vaca cualquiera" es "una vieja pendeja". Y cuando me hago consciente de que no volveré a verla reirse de aquella forma, una sensación de nostalgia me invade y recorre mi cuerpo y no deja un solo sabor de la gama sin tocar. Y sabes perfectamente que el regustillo final es una mezcla entre dulce y el amargo. Y descubres entonces que es verdad, que después de tanto haberlo afirmado sin siquiera pensarlo, por puro sentido estético, al igual que cantas las canciones y las bailas sin fijarte en lo que dicen... va a resultar que es verdad, que realmente eres un melancólico indomable y orgulloso.
Y para llegar ahí, has cometido el error de dejar de actuar, y tu amigo se ha dado cuenta de que no lo escuchas, y ese encanto especial de aquel bar, aquella atmósfera cómplice en la que solo tú eras consciente de la soledad brutal que nos gobierna, y del juego de las luces en las caras... se rompe lástimosamente, y hace que tu amigo la descubra, y que en algún mecanismo interno de su subconsciente, haga el mismo proceso reflexivo que tú y decida que su regustillo final es solo amargo, y desagradale, y que eso de estar solo en el mundo y de apelar a la melancolía no le parece buena idea.

Y cuando ese encanto se rompe, solo te queda aceptar que la gran mayoría de la gente a la que uno quiere en esta vida... en realidad ya no existe.