jueves, 6 de enero de 2011

propósito de reincidencia


Los temas muy serios siempre me han hecho cierta gracia. Si pienso en la muerte pienso en la ignorancia de la inexistencia, en lo insignificante del dolor, en un raton de dibujos animados que se quema al agarrarse a un clavo ardiendo y en un público de niños, insconcientes todavía, que se descojonan de la risa y son felices de ser los únicos que verdaderamente lo entienden todo. Y podría poner más ejemplos de cosas serias como el olvido, o la pérdida sentimental, o las enfermedades o la injusticia... pero creo que al fin al cabo todas estas y las que se me olvidan, no son más que otros tipos de muerte, subcategorías, por así decirlo.

Hay cosas que nunca me he planteado seriamente. Cosas muy serias a las que no les he dedicado una preocupación real: mi futuro, el fin del mundo, la salud... Creo que, de echo, hay algo acertado en mi postura. Siento que pensar demasiado en el futuro es sacrificar y desperdiciar el presente y creo que hacer eso es hipotecar tu alma y joder, de una forma u otra, ese futuro que estás comprando. Creo que privarse de la gula y del placer del desfase y del exceso es arriesgarse a caminar por el camino de la apatía de la pulcritud vital y que por mucha salud física que nos agenciemos, contaminar nuestra mente con tanto control y restricciones es cagarnos encima del plato y deberia estar perseguido por el departamento de sanidad como vida radioactiva automática y yerma altamente contagiosa. Creo que si de verdad somos justos y exigentes, deberíamos llevar mascarillas de precaución por si nos cruzamos por la calle con un metrosexual.

O con un oficinista metrosexual.

Y creo que si me tomo demasiado en serio el fin del mundo, y le doy alguna importancia a las irritantemente ajustadas predicciones mayas, y le doy vueltas a los extraños sucesos ocurridos en las últimas semanas en las que miles de pájaros han caido muertos, en una lluvia de picos y plumas, en distintas partes de Estados Unidos... y lo asocio a todo esto del apocalipsis y del final de los tiempos que al parecer puede que se aproxime... tendría el impulso de anticiparlo. De volverme loco y despreciar las cosas que realmente merecen la pena en la vida: El infortunio, la incerteza, la incertidumbre, la incógnita.
Le habría pedido esta noche a esa chica que no me soltara, que me dejara pasar lo que nos queda de vida en ese abrazo agrietado y grumoso. O puede que llamara a todo el mundo y hablara con el corazón y no me guardara nada y que no diera lugar a la manifestación espontánea e invisible de las cosas, y sería uno de esos malos guionistas que tienen miedo de que sus metáforas y sus sensibilidades y sus ideas no se entiendan, y que decide por ello ponerlo todo bien clarito en boca de un personaje que describe el sentimiento que provoca un color del cielo que, de algún modo, dice algo mucho más importante que una frase como: "tengo miedo a que me abandonen".

Así que mi propósito para este año será el de no dejarme cambiar algunas cosas importantes. Seguiré intentando llegar a casa con un pinzamiento en el pecho, con un tacto rasposo, sintiendo que me he tragado una bocina de barco y que no puedo avisar a nadie de que hay un transantlántico hundiéndose, esperando a que algún capitan de barco entienda eso en un escrito como este o en la evocación del remo que supone mi alegre tristeza infinita. Seguir teniendo fe en que no sea cosa de Dios, que sea mérito de mi conciencia creadora, que sea ella el genio, o aceptando que en caso de no serlo, sea Dios un tipo muy cachondo y muy divertido y muy hijodelagranputa al que le caigo especialmente bien, que se ocupa de mi, que se esfuerza en alimentar mis conflictos, que tenga intención de seguir sometiéndome a la diversión cruel, a la eterna contradicción asfixiante que a veces parece que va a ahogarme y que en algún momento parece que solo estaba limpiándome o depurándome o saciándome de vida, manteniéndome demasiado ocupado como para ser solemne o como para evitar que me hagan gracia los chistes de negros, de blancos, de maricones, de judios, de moros, de pileños, de leperos, de intelectuales pedantes, de catetos de pueblo, machistas, parapléjicos que van chocándose en la frente con el metal cuando corren los 100 metros vallas, leprosos que se evaporan en las piscinas como pastillas efervescentes, mongolitos soeces que escandalizan a las madres cuando pasa una chica guapa y les gritan obscenidades, y que cuando son sometidos a la amenaza cristiana de la justicia divina a modo "no digas eso que te castigará el señor" responden combativos y orgullosos: "pues como no me despeine..."

Así que supongo que esta noche, envuelto en un sentimiento de bucle infinito con uno de los amores de mi vida, abrazados durante más minutos de los que tardarían en prohibirnos consumirnos en nuestra propia ceniza humeante y fumarnos y ennegrecernos los pulmones y ser felices exhalando el humo de las últimas caladas frente a un colegio público... he sentido que mi propósito comienza con buen pie, y que conservo al menos la risa escandalosa y liberada del niño perseguido y amenazado y moribundo que llevo dentro.

Para mañana, dia de reyes, solo pido que me devuelvan también el llanto. Porque no llorar como los niños es lo que, posiblemente, nos haga tomarnos las cosas tan en serio.