lunes, 28 de febrero de 2011

polvo de estrellas


Paso por un callejón muy estrecho, las paredes se alzan hasta el cielo, huele a óxido, pero a un óxido acogedor, familiar, casi entrañabale. Hay una obra, una de las fachadas esta medio derruida, y dentro se amontonan los escombros en el patio anterior a la casa. Entiendo que esos escombros son mis recuerdos, que estan ahí, apilados, esperando algún movimiento por mi parte, buscándome la mirada, tratando de no molestar el paso de nadie, aceptando su condición rutinaria de inadvertidos, asumiendo que en cualquier momento vendrán a por ellos los obreros del olvido.
Cuando me ven, sin embargo, todos parecen querer contarme cosas, como los abuelos que enseñan sus fotos de juventud orgullosos, como las batallas melancólicas de nuestros ancianos. Hay un sentido humano, y no hay nada más humano que ese sentido innato de contar lo que uno fue, cuando por fin completamos la vuelta a la circunferencia y ponemos paso inexorable al polvo del que nacimos. Yo me compadezco de ellos y no puedo apartarles la mirada, no puedo dar media vuelta y salir del callejón para asomarme al mundo porque sería como encontrarme con mi yo anciano y negarle la posibilidad de contarme lo mucho que disfrutó cuando era yo. Hay un niño que murió en algún momento y al que espero encontrar, también, de algún modo, en aquellos escombros de la casa vieja y derruida de mi abuela. Hay una serie de recuerdos, los primeros que me vienen, que me transtornan. No puedo hallar al niño que fui, solo una serie de imágenes que no acierto a adivinar si fueron parte de los sueños que precedieron a la muerte de mi abuela, representando a esa parte que tenemos todos que se niega sistemáticamente a aceptar la realidad como la única posible, o si realmente fueron fragmentos de esa realidad que trata de reivindicarse una y otra vez, patética y asustadiza, como la única posible.

Así que los miro a los ojos. Esos trozos de ladrillo amontonados friccionándose hasta el polvo dejan de repente que entre una luz irreal que no se reivindica como nada y que por tanto me resulta más fiable y madura que la torpe y cruda realidad. Y a través del polvo por fin vislumbro a aquel niño bañándose en una olla enorme para guisar y diminuta para bañar a un niño. Y veo a sus primas jugando alrededor, y la abuela regando una serie de escombros que al contacto con el agua vuelven a convertirse en flores. Mi padre aún fuma y sale sonriente, coge la manguera y moja a mis primas, se rie entre dientes y el niño que fui se levanta y se dirige hacia mí decidido. Trepa por mi pierna, me abraza fuerte por alrededor del cuello y noto como se abre paso entre mi carne y se mete dentro de mí y se ríe, se ríe con una felicidad que me estría el alma, que me encoge los músculos, que está a punto de hacerme estallar, que me implosina y que me abre un agujero de gusano por el que hago algún viaje en el tiempo o en el espacio. La cuestión es que descubro que estoy ahí, y entonces todos me miran, todos descubren que he vuelto a visitarlos. A los que murieron y a los que crecieron, que son cosas muy parecidas.

Os echo tanto de menos, os quiero tanto, estoy tan avergonzado de haber crecido así...

No deberíamos dejar nunca, jamás, que la realidad sea solo la que se reivindica como tal. Y aunque terminen de derribar la casa del callejón, y construyan otra nueva, y la habiten niños con play stations, cuidaré del polvo, y del óxido, y trataré de no volver a decepcionar al niño que fui una vez.

Y lucharé a muerte por cortarle el paso a los obreros del olvido.

domingo, 13 de febrero de 2011

expertos


Por mucho que te agarré de la cintura
y que apreté tu vientre convencido
mis manos no pudieron contener tu diafragma
y así se convirtió en advertencia
la interferencia intermitente de tu hipo

...pero que puedo decir,
nos divertimos ignorándola.

Y en el camino hacia casa, al cruzamos de nuevo
adelanté tu paso embriagado,
como los devotos del horario
aceptan su último segundo:
evitando la reincidencia de la enésima despedida
haciéndolo, como si fuera un experto, un poco más fácil...

Cuando llegué a casa vi el grano de tu nariz
en cada uno de los copos
que bañé de leche
en el bol de cereales...

y creo estar seguro que no fue gula
sino venganza
el motor de mi hambre.

Y me dispuse a dormir
pensando en este mundo
y en la marcha decidida del devenir

de la belleza infinita que nos adelanta
evitándonos la enésima derrota
como si fuera una experta...
haciéndonoslo más fácil

y que
irremediablemente
se nos escapa.