sábado, 11 de junio de 2011

auxilio

La primera semana del verano solía ser aburrida y yo siempre quería irme de vuelta a casa. Insistía tanto que a punto estaba de convencer a mi madre y cuando esta cedía a mi niñería insostenible yo ya estaba encontrándome bien y empezando a divertirme y al final no había tragedia familiar y las vacaciones en la playa seguían su curso.
Y todos los recovecos del bloque me parecían un laberinto que escondía aventuras inimaginables y mis amigos y yo hablábamos el mismo idioma y a mi abuelo también le parecía que la sandía estaba insípida y disfrutábamos ignorando las regañinas y advertencias de mi abuela mojándolas directamente en el tarro del azúcar.

No sé como pasó el tiempo. Sigo sin entenderlo. Quizá se me fue porque poco después vinieron otras cosas. Y las relaciones seguían siendo intensas y cada persona que conocía me parecía una aventura inimaginable y seguía mirando al mundo como miraba absorto al mar, sintiendo su inmensidad.

Pero de un tiempo a esta parte parece que todo eso haya desaparecido. Y las relaciones se han vuelto tan insípidas como la sandía y no encuento un tarro de azúcar con el que salvarlas. Y de la intensidad solo sobrevive el recuerdo y una nostalgia apocalíptica que me acaba de llevar a estar una hora sentado en el suelo de la terraza del piso de la playa, donde solía venir a veranear, mirando las luces parpadeantes de los hoteles, pensando en todos los que fueron mis amigos, todas las chicas que conocí... como si me estuviera muriendo.

Y me he metido aquí preguntándome mentalmente cuando se me olvidó, cuando dejé de ser capaz de llorar hacia fuera y empezó a caer todo dentro hasta inundarme.

Ya está. Eso era todo.

miércoles, 1 de junio de 2011

anatomía de la historia

Hoy he tenido el honor de que el señor Jose Luís Ibáñez Salas, editor y amigo, me haya pedido colaborar en la revista digital dedicada a la historia que dirige:

www.anatomiadelahistoria.com

Como esteréis pensando, yo no tengo ninguna cualificación para escribir sobre la historia en sí, en mayúsculas, tal como suena, pero hay alguna sección musical y cinematográfica en la que podré relacionar y aportar a alguna que otra cosa desde mi más absoluta e ingenua ignorancia.

En la revista digital, o pagina web, al fin y al cabo, al parecer hay una sección llamada "Querido maestro" en la que se pide a todos los colaboradores escribir una reseña de la persona que consideran que las inició en la curiosidad y el amor por la historia. Yo he decidido escribir sobre mi padre, y como todo homenaje que le pueda dar me parecerá poco, quiero aprovechar la coyuntura para transcribir aquí dicha reseña. Así que ahí va:

Máximo González, un vendedor de entradas para el espectáculo de la Historia

Máximo González lleva tantos años como yo de vida dando clases a niños de todas las edades. El hecho de que sea profesor es una mera coincidencia. Que sea mi referente en la vida y en mi elección de la persona que más me influyó para interesarme por la Historia tiene mucho más que ver con el estómago que con la cabeza, con la irreverencia que con lo diplomático, con el padre que con el profesor. Antes de ser un sabio de barba cerrada y barriga cervecera, se dedicó a ser un escuálido viajante, un observador errante que intuía la Historia sobre el terreno antes de conocerla en los libros. Él me dio la llave de la curiosidad y por tanto de las puertas de la Historia enseñándome lo más importante: saber interpretarla por mí mismo, en un sentido antropológico, en torno al sentido común y a mi propia percepción de la justicia y de lo verdaderamente importante. Sus lecciones no fueron más que enseñarme con el ejemplo, interesarse en mis gustos, tratar de conocerme para guiarme del modo más efectivo a mi realización como persona, descubrirme la literatura que puede llevar engañado a un niño a un mundo mucho más austero y en apariencia aburrido como puede resultar a priori ese término aplastante y solemne que es el de la HISTORIA, al igual que me confundía dándome cucharadas de yogur para que terminara de comerme el puré de verduras.

De Máximo González aprendí que la Historia está viva, que tiene que ver con todas y cada una de las cosas que pasan por mi cabeza, que conocerla a ella es obtener datos cruciales para poder entenderme a mí mismo. De Máximo González, mi padre, aprendí a interesarme por lo que no se cuenta, por lo que omiten los vencedores de las contiendas, por lo que pasó entonces con los perdedores. De Máximo González aprendí a identificar qué parte del océano infinito de información me resulta relevante, y en qué lugares de ese océano me apetece posicionarme.

Y eso, sin ánimo alguno de ofender a nadie, es mucho más de lo que puede enseñar cualquier profesor de historia.