domingo, 30 de octubre de 2011

Romanticismo estomacal


Cállate
tira mis zapatos en mitad de la alameda
una vida entera andando descalzo
sintiendo el frescor de la hierba
y alojando cristales entre las venas

marcos de madera entre la carne y el cráneo
un mosaico de fotografías sangrientas
cintas de cassette hundiendo mis tímpanos
miles de voces contradiciéndose en mi cabeza
hola y adiós
y sobre todo adiós.

tus guantes de pelo artificial entre mis brazos
el picor insaciable de tus caricias
pulmones encharcados de lejanía y desdén
los pasos de tu marcha machacando mis rodillas
la clemencia que bombea el sístole
mientras se tatúa el diástole
la palabra "tristeza"

No he pedido que pares

ahora tengo dentro todos tus lunares
reproduciéndose como un cáncer
créeme, que aspiro a tanto
que toda esta carnicería es...
infantil.

Así que cállate y sigue
no he pedido que pares
Machácame hasta que mi polla
atraviese victoriosa tu cerebro

domingo, 9 de octubre de 2011

Otro domingo de derrota


Supongo que a todos nos pasa en alguna medida humana. Al igual que los hombres de Altamira necesitaban dibujar en las paredes la realidad que se les ofrecía, los poetas tratan de desentrañar el amor y sus variantes, los científicos buscan respuestas que los religiosos resumen en lo intangible y lo superior, los vecinos tratan de dibujar el árbol genealógico de las distintas relaciones de su entorno, los políticos acuden ciegos a la seducción del poder y el protagonismo y todos de alguna forma nos obsesionamos de por vida por evitar, eludir, describir, desentrañar, dibujar, plasmar, aprovechar, descubrir, contar alguna circunstancia en concreto.

Yo, por generalizar, tengo algún tipo de necesidad de enfrentarme a las limitaciones del lenguaje para averiguar qué pasa exactamente con mi tristeza. Y si pudiera concretar, con la del domingo. Qué cojones me pasa con ellos. Por qué esa empatía. Por qué ese odio. Por qué esa incapacidad intelectual de enfrentarlo, ese maldito día en el que además vine al mundo. Qué relación tiene con mi forma de ser. Que aliciente místico contiene, que me exaspera, que me aísla, que me consume de dudas estúpidas y que me paraliza, me calla, me hace sentirme vivo... matándome.

No lo sé. No me siento capaz. Siento, al igual que le pasaba a Borges al hablar del Aleph, que intentar abarcar en el limitado pacto simbólico del lenguaje algo tan inaccesible, indescriptible e infinito como mi profunda y perenne tristeza y vacío existencial... sería como correr en el campo de batalla, desnudo, con la sola ayuda de un grito ahogado, camino frontal hacia el poderoso enemigo. Impiadoso y poco amigo de los exhibicionistas.

No poder salir de ciertos bucles, aunque parezcan ridículos, exagerados por la literatura barata, por el victimismo autocondescendiente del que tanto abuso, porque no puedo superar el trauma vital, y no puedo gritar el nombre de mi madre, y pedirle que arregle las cosas, como el ser todo poderoso que creía que era.

Todo es una estafa. El lenguaje, las virtudes, la belleza. Sobre todo la belleza. Todo este afán cibernético de pedir malditamente cinco minutos de admiración, un par de miles de visitas, amor y respeto de un ente desconocido habitado por los más bajos fondos que el anonimato fomenta.

Qué carrera más estúpida.

Cuanto pesa la culpabilidad. Que fácil es enmascararla. Qué facil es ser sarcástico, y cínico, irónico. Que fácil es mantener este pacto social y usar el lenguaje como arma arrojadiza, sintiéndote legitimado y libre y sin duda falto de responsabilidad alguna sobre una más que posible consecuencia.

Que mal visto está, por otro lado, reconocerla. Que mal visto está mostrarse. Que fea la fragilidad. Que asustadizos somos todos cuando alguien nos pide ayuda verdadera. Con lo cómoda que es la seguridad y la autosuficiencia y el autocontrol y la adultez. Que verdad más desagradable la de la naturaleza, la de que los extremos, la de que a perro flaco todo sean pulgas. La de que a más privilegios, más privilegios. Que desnivel inhumano tan jodidamente cruel y que bien nos lo pasamos, joder, que bien nos lo pasamos los sábados por la noche, hablando de fútbol, mirando los escotes de las novias de nuestros amigos, fingiendo posturas que nos hagan parecer lo que no somos, actitudes previstas por un plan magnífico de insustancialidad, estrategias de conquista que pesan mucho más que cualquier cosa a la que yo pueda nombrar como virtud.

Comentarios y enlaces y recomendaciones y tops y fama y prestigio y confianza en uno mismo y convenciones sociales y trendin topics. La vida, desde que dejamos de ser niños, se ha basado en el trendin topic. Nadie habla de lo que realmente le importa. O casi nadie, claro, voy a ser correcto. Me lo voy a permitir. Nadie lo sabe, siquiera. ¿Que quieres? ¿que coño buscas? ¿que esperas de la vida?
La capacidad de adaptación al medio. Esa es la única virtud posible en este mundo. Si no fuera por la políticamente bien vista "diversidad", algunos no tendríamos cabida. A tono personal, creo que si no consigo convivir mejor con los domingos, o conmigo mismo en domingo, mi capacidad de adaptación será el fracaso originario de todos los demás fracasos.

Aprender lo que se nos enseña. Aceptar las pequeñas muertes diarias, las pequeñas derrotas personales. No pensar. No salirse del circuito. No andar por el césped. Aprenderse las tácticas de desempeño social. Afinar el moralismo. Teñirlo de idealismo. Convivir con la barbarie. Con la pequeña, la que no es más que un espejo de la grande en el que nadie se va a mirar jamás. Ser obediente. Y eso incluye a la rebeldía. No conocer a nadie. Por supuesto, no conocerte a uno mismo.

Esas son las virtudes. Así las llaman. Se me olvidan muchas. Este intento de enumeración es patético y no me hace ningún bien. Yo soy patético y eso, de algún modo, tengo que encontrar el modo... debe hacerme algún bien.

Pero contrariamente a lo que pueda parecer, hoy es domingo, estoy profundamente triste, y siento un amor impersonal y extraño hacia mucha gente, que siendo impersonal, es mucho más cálido que toda esa gente. Es mucho más de lo que posiblemente se merecen. Y si no se lo merecen ellos, tampoco debo merecérmelo yo mismo.

No finjais. No sabeis de qué coño hablo, no os esforcéis. Yo tampoco. Hoy no. Otro domingo de derrota

No puedo cambiar el orden de los dias de la semana. Por mucho que intente engañarme, siempre sé cuando es domingo. Pero si puedo cambiar el orden de los párrafos. Lo acabo de hacer. A ver que sale

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