miércoles, 7 de diciembre de 2011

las jóvenes poetas

Quizá no vuelva a escribir poesía. O incluso no la haya escrito nunca. Eso podría, créeme, ser un alivio. Al menos si todas mis suposiciones son ciertas. Si de verdad hay una clave contradictoria en la impostura de la rebelión ante el género, ante la palabra escrita, la sumisión ante la cárcel del lenguaje y sus obligados lugares comunes mientras algo indefinible ocurre todo el tiempo, como el tiempo. Quizá las esencias de las cosas verdaderamente tengan la naturaleza de huir en cuanto las evocas. Y si eso es cierto, o tiene al menos alguna lógica... explicaría por qué a veces mi sentido de la belleza y de lo verdaderamente importante juegan tan devastadoramente en contra de mi creación literaria. Por qué esa leve sospecha me impide venir aquí a intentar soltar cuatro frases como estas, o por qué cada vez que asisto a un recital poético (intento que sea algo muy eventual) toda ese ritual supuestamente poético, esa llamada de las voces, los tonos de voz, las posturas, los acompañamientos musicales, las luces, el escenario... me da en la cara como una bofetada de frivolidad y el niño interior que me habita me obliga a buscar por el local una máquina de chicles o al menos, alguna prueba de ventana real por la que escapar de mentira. Esa ventana me hace deparar, a través del cristal de la cafetería moderna, en la chica que se encoge de frio en la calle, esperando tal vez al autobús, o a que venga su novio en la moto a recogerla, o a que sus amigas lleguen por fin y la rescaten de la soledad del mundo que la obliga a quedarse a solas consigo misma, y a adoptar posturas que le permitan mitigar el frío sin restarle un ápice de feminidad y de belleza. En esa lucha encuentro la verdadera poesía. Y en el escenario un chico con sombrero, o una mujer mayor con antifaz, o una chica joven y muy guapa con un tono muy severo y solemne... hablan de la lucha de una chica que en mitad de la calle en pleno invierno, tiene que dividirse entre el encogimiento y el resguardo protector, o la posición adecuada de sus caderas para verse sexy.

Quizá todo lo que acabo de decir no se más que una excusa. La del ser humano acomplejado y temeroso de descubrir su mediocridad. Tan ancestral como el verbo. Quizá todo sea pura procastinación y mi debate mental represente una inofensiva rebelión de mi síndrome de aburguesamiento y aborregamiento intelectual progresivo.

Quizá eso sea lo más lógico y lo que, únanimente, me encontraré como respuesta si de verdad se me ocurre la osadía de preguntároslo, a todos, aunque no me leáis.

Pero es posible que yo tenga razón y que sea un visionario. La desidia que se desprende de la mayoría de mis textos puede ser lo más cercano a la belleza real que haya conseguido jamás. Una evocación involuntaria de la inutilidad del arte, con pretensiones artísticas.

Todos los escritores y los lectores coinciden en que todo es relativo.
Todos los escritores y los lectores coinciden en que leer es, intrínsicamente, bueno.
Gran parte de los escritores y lectores somos idiotas.
Quizá sea por pensar que todo es relativo.
No es muy probable que sea por decir que leer, que la cultura en general... es intrinsecamente buena.

Pero a lo mejor sí. Quizá los malos escritores tienen la respuesta. Y su basura mediocre nos está diciendo algo que no sabemos (o queremos) entender.

Lo que si es seguro es que yo tengo cierta certeza de que pasan demasiadas cosas muy importantes a mi alrededor que ignoro mientras leo, escribo, o intento crear alguna cosa. Y que esas cosas que pasan son, intrinsicamente, mejores que cualquier creación.

Follar o hablar de sexo. Vivir la poesía o tratar de capturarla en un zulo llamado poema. Gritar o Twitter.
¿Sabeis que? El único arte verdadero es la música.
No he probado nunca la colifror, y sé perfectamente que no me gusta.



Luna Miguel, Marina Ramón Borja, Laura Rosal, Saray Pavón...
Prefiero follarme a las jóvenes poetas, que publicar con ellas.