jueves, 26 de enero de 2012

creativi hostias


Un hombre llegó, se presentó, y nos contó a todos que su madre tuvo que tomar una decisión muy difícil unos años atrás. La decisión consistía en desprenderse de 4 de sus hijos. La pobre mujer no tuvo más remedio que hacerlo, ya que al parecer habían unas circunstancias ahí que justificaban sobradamente una decisión así... bueno no, que pedían a gritos una decisión así, por algún bien mayor, por algo que sonaba incuestionable, sin que realmente sonara. Porque no explicó nada más.

Nos contó a continuación que su madre se quedó muy triste. Que la apatía se apoderó de ella, y regaba de llanto las macetas muertas, y que solo verla inspiraba una compasión y una impotencia casi animal. Así que, junto a otro hermano (los únicos que sobrevivieron a la misteriosa quema) decidieron comprarle una llave de oro, con diamantes incrustrados. Una joya en la que invirtieron todos sus ahorros. Llevaron a su madre a la playa, le dieron la llave de oro, y le pidieron que la arrojase al mar. Como la madre no entendía por sí sola la metáfora (y nosotros tampoco), nos explicó que era una forma de hacerla entender que a veces, es necesario desprenderse de cosas que para uno tienen mucho valor. Creo que en ese momento se oyó algún suspiro de aprobación, que suenan como suena un corazón atravesado por una flecha.

La madre, con la llave de oro sujetada contra el pecho, se deshizo entonces de todas las reservas de lágrimas que le quedaban y mientras gritaba "no puedo, no puedo..." terminó lanzando la llave al agua y derrumbándose en la arena en una escena que visualicé con sentimiento de culpa, porque la risilla instantanea se me instauró en la cara y un letrero luminoso en el que se leía la palabra "Vómito" se encendió sarcástico en mi frente.

El hombre acabó su discurso explicando que él y su hermano acudieron en su ayuda y se fundieron en un abrazo tan dramático que habría hecho que Aristóteles renunciara al pensamiento y se hiciera portero de discoteca.

El grupo de teatro improvisado, entonces, improvisó una escena que plagiaba paso por paso la descripción de aquel onanista emocional, y repitió, frase por frase, letra por letra... todos y cada uno de los pasajes antes narrados. La falta de originalidad de la propuesta me llevó a buscar en las caras del público presente algún tipo de indignación que me aliviara, pero solo encontré asombro y emoción. Al terminar el teatrito, el actor que interpretaba al hombre de la historia se fundió con su personaje en un abrazo melodramático que la gente aplaudió con fiereza estomacal, partiéndose las manos, gritando alguna cosa que yo ya, por aquel entonces, no fui capaz de procesar.

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Nadie le preguntó a aquel señor, en ningún momento, por qué cojones tuvo su madre que renunciar a cuatro de sus hijos. Y aunque me sentí contrariado y hasta frívolo por mi indignación y mi repulsa hacia ese momento en el que yo, por alguna razón, me dejé aparecer allí y ser partícipe... comprendí dias después que aquel público tan puro y tan humano y tan emocional... estaría preguntándose en que puta playa se le ocurrió a aquel mamarracho tirar una llave de oro incrustrada en diamantes.